Yolotopec

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Palabras Claves: reflexión, vida, muerte

Una hermosa mujer se dio cuenta que sus días se estaban terminando. Había vivido una vida larga y feliz, con sus altas y sus bajas, sus alegrías y tristezas, sus triunfos y derrotas, sus amores y desamores; como toda vida larga y feliz.

Se llamaba Rosario, era una mujer hermosa y práctica, además el rondar de la muerte no la asustó, sino que más bien sonreía al pensar en el camino y los afectos.

Rosario no sólo era hermosa y práctica, también había sido una mujer viajera, había paseado por los 5 continentes, recorrido los 7 mares y volado por los 9 cielos.

Siempre fue buena viajando y se sentía orgullosa de haber visto sonreír en infinidad de idiomas.

No es que fuera particularmente devota, era más bien de esas personas profundamente espirituales aunque poco religiosas, sin embargo pensó que sería buena idea visitar a uno de sus amigos, sacerdote, para que él le ayudase a preparar su último viaje. Le llevó galletas y tuvieron una sabrosa charla.

Cuando Rosario finalmente le contó a Fernando, su amigo y sacerdote, que sentía que la vida se le estaba terminando, Fernando dijo: “no te preocupes Rosario, es el destino de todos, has sido una mujer buena, tus hijos y tus nietos son responsables y trabajadores, cuando llegue el momento Dios te llevará con él” buscando consolarla; pero Rosario respondió: “No, no mi Fer, yo no busco que me consueles, lo que quiero es que me ayudes a planear mi funeral”

Al principio Fernando no lo entendió muy bien y trataba de brindar consuelo, pero Rosario continuaba: “Quiero que mi funeral sea una fiesta, la fiesta de partida hacia el más emocionante viaje y si se lo encargo a mis hijos y nietos, sé que no tendrán cabeza para esto, así que necesito que me ayudes. El testamento ya está hecho, lo que falta es la pachanga”

Y fue entonces que le dijo cuáles flores le gustaban, quería blancas y de colores nada de coronas – y que le pusieran su vestido favorito, ese que le habían regalado hace tanto y las arracadas de su abuela. También la música, un ratito de algo sacro y después ¡marimba! Y atole y tamalitos para compartir. Fueron revisando cada detalle, no sólo ese día, si no en varias reuniones, siempre con café y galletas.

Pero a Fernando lo que le intrigaba era la foto del cerrito, la foto de Yolotepec. Es que Rosario quería tener un féretro abierto, para que la miraran y se despidieran de su cuerpo, pero le había dicho, con mucha insistencia, que en su mano izquierda quería que le pusieran una fotografía recién tomada de Yolotepec, el cerrito de fondo que se miraba al llegar al pueblo donde Rosario había vivido. De modo que entre reunión y reunión Fernando quería conocer la razón para incluir la foto, así que como quien no quiere la cosa preguntaba “¿y te parece muy bonito ese cerrito?” “nombre, si no tiene gran chiste” decía Rosario; y en la siguiente ocasión “seguro tienes buenos recuerdos del cerro de Yolotepec” “pues la verdad es que nunca lo subí” respondía ella; en una tercera vez “¿entonces siempre quisiste subirlo y nunca fuiste?” “fíjate que no, la vista desde el cerro de enfrente siempre ha sido más bonita” decía Rosario sin ponerle demasiada atención.

Hasta que un buen día, Fernando finalmente le pidió directamente: “Rosario, te he estado ayudando con todos los preparativos, y seguro que ya te diste cuenta que tengo mucha curiosidad de saber qué pasa con la foto, cuéntame por qué quieres tener en tu mano la fotografía de Yolotepec” – “ahhh, Yolotepec” – contestó Rosario sonriendo y haciendo una pausa – “es sólo un cerrito” “Fíjate Fer, que como sabes, siempre he sido pata de perro, me ha gustado viajar y he viajado bien. No sabes la de sitios y personas que he conocido, lo mucho que he disfrutado cada viaje, cada comida distinta que encontré, los amigos que hice, las incontables anécdotas que puedo platicar. Siempre me emocionó pensar en el siguiente viaje, estudiaba un poco antes de salir para saber qué lugares valdría más la pena visitar, conocía un poco de la historia del sitio que me esperaba, guardaba mis ahorritos y preparaba mi maleta feliz de la emoción.

Ya en el viaje aprovechaba cada momentito, tomaba fotos, platicaba con la gente, me salía de la ruta, a veces iba de prisa, otras muy despacito. Nunca hubo dos viajes siquiera parecidos.

Pero quiero contarte Fernando que todos mis viajes si tuvieron algo en común. El regreso a casa. Sin importar lo lejos o cerca que hubiera ido o el tiempo que me hubiera ausentado de casa, siempre había una deliciosa sensación al regresar, no sólo la satisfacción de haber conocido un sitio nuevo, el recuerdo de lugares y personas recién conocidas, si no la sensación tan básica y tan natural de saber que estaba regresando a casa. Incluso he llegado a pensar que por eso viaje tanto, para saber muchas veces que estaba regresando. Un buen día me hice consciente del momento en él que estaba llegando a casa, curiosamente no era al entrar a mi domicilio o al pasar por la tiendita de la esquina o al ver el letrero de bienvenida al pueblo; yo sentía que estaba en casa desde algunos  kilómetros antes, cuando podía ver allá en el fondo el cerrito de Yolotepec.

Así que cuando recorrí el Oriente y finalmente regresé asombrada por las bellezas que había conocido, vi a la distancia el cerrito de Yolotepec y no pude evitar pensar que lo mejor de mi viaje estaba por venir ¡Que estaba llegando a casa!

Y cuando viaje cerquita y me enamoré de los bosques y montañas de nuestro país, al regresar vi a la distancia ese cerrito y fue imposible no pensar que lo mejor de mi viaje estaba por venir ¡Que estaba llegando a casa!

Seguro tú también lo has experimentado y sabes lo bien que se siente. Así me pasó todas las veces, sin una sola excepción.

Entonces Fer, cuando aquellos que me quieren y he querido, me miren ahí recostadita, bien arreglada, con mi vestido y mis arracadas, con la marimba sonando, vean la foto del cerrito del corazón – que por cierto eso quiere decir Yolotepec quiero que sepan que yo no tengo una sola duda, que tengo la certeza – completa, profunda y verdadera – de que lo mejor de mi viaje está siempre por venir, ¡que nuevamente estoy llegando a casa!”

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