Un pequeño granito de arena

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Palabras Claves: reflexión, vida, felicidad, solidaridad, autoestima, autoconcepto

Un granito de arena se sentía pequeño. No es que fuera más chico que los granitos de arena a su alrededor, tampoco era más grande, se podría decir que era casi como los otros, ni más hermoso ni más feo. Sin embargo, cuando observaba la montaña detrás suya o el enorme océano al frente, pensaba sobre su pequeñez y su insignificancia. ¿Por qué no había nacido montaña? ¿Por qué no era tan grande como el mar? Si por lo menos fuera roca, pero no, tan solamente era un pequeño grano de arena.

Y además estaba triste. Así que pasaba sus días pensando qué podría hacer para crecer, cómo podría tener la magnificencia de la cordillera o – en el peor de los casos – la solidez de aquel cerrito. A estos pensamientos dedicaba sus días, a estos tristes sueños dedicaba sus noches. Triste y pequeño.

Sin embargo, como pasa en las historias, esa tarde ocurrió algo distinto. Nada cambió allá afuera, el mar, el cerro y la montaña seguían ahí, el sol y las nubes con sus aparentes rutinas, incluso el granito de arena se miraba igual. Nuestro granito de arena observaba las olas que llegaban a la playa y se dio cuenta que mientras algunas olas rompían alegremente y entre risas, otras lo hacían de forma triste y a regañadientes. Notó como algunas sufrían al saber lo efímera que era su vida, que irremediablemente al chocar contra la arena dejarían de ser olas para siempre. Y algo en su corazón de arena se ablandó, deseó profundamente que fueran capaces de observar lo que las olas sonrientes miraban – las que rompían con alegría casi cantando – que notaran que no tenían por qué sufrir, que vieran que su naturaleza es la del mar y la brisa y que sólo estaban cambiando de forma.

De alguna manera le pareció muy triste que no se dieran cuenta de esto. Y fue curioso cómo el hecho de observar la tristeza de las olas hizo crecer a este granito, de pronto notó que era más grande – sin cambiar su tamaño – y deseó que no sólo las olas dejaran de sufrir, sino que también lo hiciera aquella piedrita que quería estar seca y que el mar siempre mojaba, y que aquel cangrejo que siempre se quejaba por caminar de lado fuera más feliz y que también lo fueran el árbol, el cerro y la nube, y los granitos de arena alrededor suyo e incluso los de playas que él no conocía, y poco a poco su tamaño dejó de tener importancia.

Porque no sólo comenzó a desear que el sufrimiento terminara, el de las olas, el de la piedra, el del cangrejo, el suyo propio. Parecía que al crecer – sin cambiar de tamaño – las aspiraciones del granito de arena también crecían, de manera natural, espontánea, descabellada y hermosa. Empezó a imaginar no sólo sufrimientos concluidos, sino felicidad verdadera. Olas sonrientes disolviéndose y volviéndose a formar. Rocas gozando del sol y del agua. Árboles descubriendo su propio brillo. Nubes danzando en libertad. Cada ser, cada rincón, cada sitio inmerso en el bienestar. Nadie lo notó pero el granito de arena otra vez se hacía más grande.

Ya que mientras su amor y su compasión crecían, se iba dando cuenta que no estaba separado, que no había gran diferencia entre él y la roca, el cerro y la montaña, el cielo y el cangrejo. Que los anhelos de sus corazones eran los mismos, que sus grandezas y sus pequeñeces eran iguales, que venían del mismo sitio, que todos estamos hechos de la misma música, hermosa y profunda. ¡Qué grande se estaba volviendo ese pequeño granito de arena!

Aquellos que pudieron observarlo cuentan que entonces una gigantesca, enorme alegría, surgió de este granito de arena, una alegría más allá de toda medida. Parecía que se había vuelto sol, irradiando luz de gozo, tocando con su brillo playas y mares, montañas y cordilleras, llegando más y más lejos, hasta que fue tan grande que dejó de tener tamaño.

Y todavía hay relatos que cuentan cómo un pequeño granito de arena  creció tanto – sin cambiar su tamaño – que ahora contenía al universo entero, con todos sus universos; y que esa es la razón por la que hoy todavía hay quienes pueden maravillarse al observar universos enteros en un granito de arena.

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