Salvó 219 vidas

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Palabras Claves: reflexión, constancia, perseverancia

Betty Tisdale es una heroína mundial. Cuando, en abril de 1975, volvió a encenderse la guerra en Vietnam, Betty supo que tenía que salvar a cuatrocientos huérfanos que estaban a punto de ser arrojados a la calle. Antes, con su exmarido, el coronel y pediatra Patrick Tisdale, un viudo que ya tenía cinco hijos, habían adoptado a cinco huérfanas vietnamitas.

Como médico naval de los Estados Unidos en Vietnam, en 1954, Torn Dooley ya había ayudado a que los refugiados huyeran de los soldados comunistas. «Realmente tengo la sensación de que Tom Dooley era un santo. Su influencia cambió mi vida para siempre», dice Betty. Tras haber leído el libro de Dooley, Betty tomó sus ahorros de toda la vida e hizo catorce viajes a Vietnam durante sus vacaciones, para visitar y trabajar en los hospitales y orfanatos que él había fundado. Mientras estaba en Saigón se enamoró de los huérfanos de An Lac (Lugar Feliz), dirigido por Madame Vu Thi Ngai, que después fueron evacuados por Betty el día de la caída de Vietnam y regresaron con ella a Georgia para vivir con ella y sus diez hijos.

Cuando Betty, una de esas personas que lo hacen todo con decisión y van inventando las soluciones a medida que se plantean los problemas, se dio cuenta de la difícil situación de los cuatrocientos niños, se puso en marcha con la velocidad de un cohete. Llamó a Madame Ngai y le dijo sin titubear que iría a buscar a los niños, se los llevaría a los Estados Unidos y conseguiría que todos fueran adoptados. No sabía cómo lo haría; sólo sabía que lo haría. Más adelante, en Los niños de An Lac, un documental sobre la evacuación, Shirley Jones presentó un retrato de Betty.

En un abrir y cerrar de ojos, Betty se puso a mover montañas. Reunió el dinero necesario, de mil maneras diferentes. Simplemente, decidió hacerlo y lo hizo. Dice que el solo hecho de imaginarse a todos esos bebés creciendo en buenos hogares cristianos en Norteamérica y no bajo el comunismo, fue una motivación suficiente.

El domingo partió hacia Vietnam desde Fort Benning, en Georgia, llegó el martes a Saigón y, milagrosamente (sin haber dormido), superó todos los obstáculos que podrían haber impedido que los cuatrocientos niños salieran del aeropuerto de Saigón el sábado por la mañana. Sin embargo, a su llegada, el doctor Dan, director de Bienestar Social de Vietnam, anunció sin previo aviso que sólo aprobaría la salida de los niños menores de diez años y que todos debían tener sus certificados de nacimiento. Betty no tardó en descubrir que los huérfanos de guerra ya tienen bastante suerte con estar vivos: no tienen certificado de nacimiento.

Se dirigió al departamento de pediatría del hospital, obtuvo doscientos veinticinco certificados de nacimiento y, sin pérdida de tiempo, inventó fecha, hora y lugar de nacimiento para los doscientos diecinueve niños menores de diez años que podría llevar con ella.
—No tengo idea de cuándo y dónde nacieron, ni de quiénes eran sus padres.

No hice más que inventar sus certificados de nacimiento. Los certificados eran la única esperanza que tenían de poder partir sanos y salvos, de tener un futuro en libertad. Debía resolverlo entonces o nunca. Después necesitaba un lugar donde albergar a los huérfanos una vez evacuados. Los militares de Fuerte Benning se resistieron, pero Betty se impuso brillante y tenazmente. Ante la imposibilidad, pese a su persistencia, de contactar telefónicamente con el Comandante en Jefe, llamó al despacho del Secretario del Ejército, Bo Callaway, cuya obligación como militar también consistía en no responder a las llamadas de Betty, por más urgentes que fueran y por más vidas que estuvieran en juego. Sin embargo, Betty no se dio por vencida. Ya había llegado demasiado lejos y había hecho demasiado para dejarse detener. Entonces, como Callaway era de California, llamó a su madre para defender su causa. El fervor con que Betty le pintó la situación y le pidió ayuda,
consiguió que, prácticamente a la mañana siguiente, su hijo, el Secretario del Ejército, respondiera, comunicándole que los huérfanos de An Lac podían usar como hogar provisional el edificio de la escuela en Fort Benning.

Pero todavía estaba por cumplirse la hazaña de conseguir que los niños salieran de Vietnam Cuando llegó a Saigón, Betty fue inmediatamente a ver al Embajador, Graham Martin, y le rogó que consiguiera algún transporte para los niños. Ya había intentado contratar un vuelo chárter, pero la compañía de seguros le había exigido una cantidad tan elevada que le había sido imposible negociarlo. El embajador se mostró dispuesto a ayudarle si se gestionaban todos los papeles a través del gobierno de Vietnam. El doctor Dan firmó los últimos papeles, literalmente, cuando los niños ya estaban subiendo a bordo de los dos aviones de la fuerza aérea.

Los huérfanos estaban desnutridos y enfermos. La mayoría jamás habían salido del orfanato y estaban asustados. Betty había pedido a un grupo de soldados y a la tripulación del avión que le ayudaran a entretenerlos durante el vuelo, a transportarlos y alimentarlos. Es increíble la profundidad y la fuerza con que la situación llegó al corazón de los voluntarios, para que, aquel hermoso sábado, doscientos diecinueve niños pudieran ser transportados hasta la libertad.

Todos ellos lloraron de júbilo y de agradecimiento por haber contribuido de forma tangible al logro de aquella hazaña. Tratar con las líneas de vuelos chárter desde Filipinas fue una nueva heroicidad. Un vuelo de United Airlines costaba 21 000 dólares. El doctor Tisdale, que tanto quería a los huérfanos, salió como garante del pago. Si Betty hubiera tenido más tiempo, quizá lo habría conseguido gratis, pero el tiempo era un factor tan importante que debió transigir.

Un mes antes de haber llegado a los Estados Unidos, todos los niños estaban adoptados. La Tressler Lutheran Agency de York, en Pennsylvania, que se especializa en conseguir la adopción de niños minusválidos, encontró un hogar para cada huérfano.

Betty ha demostrado en repetidas ocasiones que se puede hacer cualquier cosa si uno está, simplemente, dispuesto a pedir, a no aceptar un «no» por respuesta, a hacer todo lo que sea necesario y a perseverar.

Como dijo una vez el doctor Tom Dooley: «Se necesita gente común para hacer cosas fuera de lo común».

 

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