La perfecta familia norteamericana

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Palabras Claves: reflexión, vida, familia, hijos

Son las diez y media de la mañana de un sábado perfecto y nosotros somos, por el momento, la perfecta familia norteamericana. Mi mujer ha llevado a nuestro hijo de seis años a su primera lección de piano y el de catorce todavía no se ha despertado. El menor, de cuatro, está en la otra habitación, mirando cómo unos diminutos seres antropomórficos se arrojan unos a otros desde unos acantilados.

Y o, sentado ante la mesa de la cocina, estoy leyendo el periódico. Aaron Malachi, mi hijo de cuatro años, al parecer está tan aburrido de las matanzas de los dibujos animados como del considerable poder personal que significa ser él quien tiene el mando a distancia, por lo que decide invadir mi tranquilidad.
—Tengo hambre —anuncia.
—¿Quieres más cereales?
—No.
—¿Y un yogur?
—No.
—¿Te preparo un huevo?
—No. ¿Puedo tomar un poco de helado?
—No.
Por lo que yo sé, el helado puede ser mucho más nutritivo que los cereales procesados o los huevos saturados de antibióticos, pero de acuerdo con mis valores culturales, no está bien tomar helados un sábado a las once menos cuarto de la mañana. Silencio, hasta que… pasados unos cuatro segundos:
—Papi, ¿todavía nos queda mucho por vivir, verdad?
—Sí, Aaron, nos queda muchísimo por vivir.
—¿A mí y a ti y a mamá?
—Sí.
—¿Y a Isaac?
—Sí.
—¿Y a Ben?
—Sí, a ti, a mí, a mamá, a Isaac y a Ben.
—Nos queda mucho por vivir, hasta que toda la gente se muera.
—¿Qué quieres decir?
—Hasta que toda la gente se muera y vuelvan los dinosaurios.

Aaron se instala sobre la mesa, con las piernas cruzadas como un Buda, en el centro mismo de mi periódico.
—¿A qué te refieres, Aaron, al decir «hasta que toda la gente se muera»?
—Tú dijiste que todo el mundo se muere. Cuando todo el mundo se muera, entonces volverán los dinosaurios. Los hombres de las cavernas vivían en cuevas, en las cuevas de los dinosaurios. Entonces los dinosaurios volvieron y los aplastaron.

Descubro que para Aaron la vida ya es una economía limitada, un recurso que tiene un comienzo y un final. Él se ve, y nos ve, en algún punto o lugar de esa trayectoria, una trayectoria que termina en la incertidumbre y la pérdida.

Y yo me veo frente a una decisión ética. ¿Ahora, qué debo hacer? ¿Intento hablarle de Dios, de salvación, de eternidad? ¿O le suelto algún discurso del estilo de «Tu cuerpo no es más que una envoltura, y después de morir todos volveremos a encontramos y reunimos para siempre en espíritu» ¿O debo dejarlo con su incertidumbre y su angustia porque pienso que eso es la realidad? ¿Debo intentar hacer de él un existencialista angustiado o procurar que se sienta mejor?

No lo sé Me quedo mirando fijamente el periódico. Los Celtics llevan una larga racha de partidos perdidos. Larry Bird está furioso con alguien, pero no puedo ver con quién porque un pie de Aaron no me deja. No estoy seguro, pero mi sensibilidad de clase media, neurótica y adictiva, me está diciendo que éste es un momento muy importante, el momento en el que Aaron está configurando su manera de construirse un mundo. O tal vez no sea más que mi sensibilidad de clase media, neurótica y adictiva, lo que me hace pensar así. Si la vida y la muerte no son más que delirio, ¿por qué he de preocuparme yo de cómo las entiende alguien más?

Sobre la mesa, Aaron juega con un «muñeco militar» que levanta los brazos y se balancea sobre unas piernas temblorosas. Era con Kevin McHale con quien estaba enfadado Larry Bird. No, no era con él, sino con Jerry Stitching. Pero Jerry Stitching ya no juega con los Celtics. ¿Qué habrá sucedido con Jerry Stitching? Todo se muere, todo llega a su fin.

Jerry Stitching estará jugando en Sacramento o en Orlando, quizá haya desaparecido. Yo no debería tomarme a la ligera la forma en que Aaron entiende la vida y la muerte, porque quiero que tenga un sólido sentido de la existencia, una sensación de la permanencia de las cosas. Es evidente el buen trabajo que hicieron conmigo las monjas y los curas. Era la angustia total o la beatitud. El cielo y el infierno no estaban conectados por un servicio de larga distancia. O estabas en el equipo de Dios o estabas en la sopa, y la sopa estaba caliente, quemaba. Yo no quiero que Aaron se queme, pero quiero que sea fuerte. La angustia neurótica, pero inevitable, puede venir después.

¿Es posible eso? ¿Es posible sentir que Dios, el espíritu, el karma, Yahvé, es decir, Jehová, o lo que sea, es trascendente, sin por eso traumatizar a una persona, sin inculcarle esa idea a golpes ¿Podemos romper, ontológicamente hablando, los huevos para hacer la tortilla? ¿O su frágil sensibilidad quedaría aniquilada por un acto semejante?

Al percibir un ligero incremento en la agitación sobre la mesa, me doy cuenta de que Aaron se está hartando de su muñeco. Con una actitud dramática que considero digna del momento, me aclaro la garganta y, con tono profesional, le digo:
—Aaron, la muerte es algo que algunas personas creen que…
—Papá —me interrumpe él—, ¿podríamos jugar a un videojuego? No es muy violento —me explica, gesticulando con las manos—. No es de esos de matar. Los personajes se desmayan, nada más.
—Sí —respondo con cierto alivio—, juguemos, pero primero tenemos que hacer otra cosa.
—¿Qué? —Aaron se detiene y vuelve desde donde está, a medio camino de la puerta.
—Vamos a tomar un poco de helado.
Otro sábado perfecto para una familia perfecta. Por ahora.

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