La ganancia de mis hermanos

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Palabras Claves: reflexión, solidaridad, altruismo

Cuenta la leyenda que en tiempos del emperador T´ai Tsung, un hombre le salvó la vida a un dragón. Eran tiempos difíciles, de guerra y de paz para la provincia de Ch´in una noche apareció en lo alto de la montaña una ráfaga de fuego que descendió quemando todo a su paso. Era Fan Tseng el gran dragón rojo, desde ese momento, los pobladores de Ch´in vivieron día y noche peleando con el dragón. Todos sus intentos por acabarlo resultaban infructuosos. Se decía que era el único dragón en toda China y que en el costado tenía una herida junto al corazón que lo hacía más feroz y peligroso.

Los pobladores sufrían al ver sus cosechas quemadas una y otra vez.

Una tarde apareció en la villa un extranjero, vestía un atuendo negro con dragones dorados bordados en la tela. No era particularmente fuerte, alto o poderoso, se podría decir que era más bien, común. Lo que llamaba la atención era su mirada y su forma de hablar con la gente. Parecía tener una extraña habilidad de encontrar lo positivo de las cosas negativas. alguien le preguntó: ¿A qué has venido extranjero? ¿No sabes que tenemos un dragón acechando la provincia? Nadie se atreve a venir en estos tiempos. El extranjero con una amable sonrisa dijo: precisamente a eso he venido, a liberar al dragón.

La gente sorprendida no sabía si reír o enojarse por el comentario. Los mejores hombres habían intentado acabar con el dragón sin éxito; y ahí estaba este pequeño hombre diciendo que él haría lo imposible.

Al día siguiente por la tarde, antes de oscurecer, el extranjero comenzó a subir la montaña rumbo a la guarida del dragón. Despídanse de él, no lo volveremos a ver — decían los pobladores—. Cuando el sol recogía sus últimos rayos de luz, el extranjero entró en la cueva del dragón, al verlo, éste rugió y escupió un fuego ardiente, casi insoportable. El extranjero no se movió, sólo se quedó mirando a los ojos del dragón. Sorprendido por
la actitud del hombre, la bestia le preguntó:
—¿Qué haces aquí? ¿Qué quieres?
—Vengo a sanarte; dijo el extranjero.
—¿Sanarme? ¿Tú, un hombre?
—Sí. Sé que tienes una herida en un costado, junto al corazón y quiero ayudarte
—¿Por qué me querrías ayudar tú a mí? Si somos distintas especies y ni siquiera nos conocemos, dijo cauteloso el dragón.
—Porque sé que estás prisionero de tu dolor, por eso lastimas a la gente de la villa.

Yo vivía igual hasta que otros me ayudaron, sin conocerme. Y diciendo esto el extranjero sacó de su morral una vasija de barro con una especie de pomada.
—¿Qué es eso?; preguntó con curiosidad el dragón.
—Es una pomada para sanar dragones.
—¿De dónde la sacaste?
—Otros dragones me enseñaron a hacerla
—¿Otros dragones? ¡Mientes! ¡No existen otros dragones! Yo estoy sólo en este mundo; exclamó sorprendido el dragón que pensaba que era el único de su especie.
—No sé quien te contó esa historia, pero no es así gracias a tus hermanos sé que no eres tan malo. Ellos me enseñaron a hacer la pomada para sanar.

Me mostraron que cuando dejamos de pelear unos con otros, podemos encontrar formas de ayudarnos a sanar y a cerrar las heridas del corazón. Yo también tenía una herida insoportable que no podía curar, hasta que abrí los ojos y entendí que no estaba solo.

Los hermanos son una bendición. Desde ese día la provincia de Ch´in no tuvo más problemas y Fan Tseng, el gran dragón rojo quedó liberado.

 

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