Is y Tomma

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Palabras Claves: reflexión, vida, soledad, envejecer

Muy al norte vivía una hermosa y joven mujer que se negaba a casarse, sus cabellos eran negros y su nombre era Ís. Los guerreros y pescadores del pueblo le parecían poca cosa, los viajeros que de vez en vez atravesaban las heladas tierras ni siquiera merecían sus miradas. La gente del pueblo pensaba que era rara, que era demasiado diferente, sin duda veían soberbia en su andar y escuchaban necedad en sus palabras. Mientras Ís se iba quedando sola.

Pero un buen día un alto y fuerte extranjero llegó al pueblo, sus rasgos eran toscos y salvajes, nadie supo su nombre y nunca dijo palabra. Cuando Ís lo miró sintió lo que nunca había sentido por los hombres de la aldea y sin más dijo “Me casaré con este hombre”, pero el hombre sin nombre nunca volteó a verla y dando fuertes zancados dejó el pueblo.

Así que la joven mujer comenzó a seguirlo. Mientras el corría más y más rápido sobre la nieve con fuerza animal, ella con decisión femenina corría detrás. Cuando él arqueó su cuerpo y corrió en cuatro patas, Ís se esforzó por no quedarse atrás.

Conforme el abrigo del hombre se convertía en un grueso pelaje blanco nevado, ella seguía corriendo valientemente. Cuando su cuerpo fue él de un imponente oso galopando, Ís lo seguía aún más resuelta. El oso se deslizó sobre el hielo, ella casi lo alcanza. Él se aventó hacia el agua, ella hizo lo mismo. Pero en el agua congelante ella no era tan ágil, el hombre-oso sin nombre saltó de regreso al hielo y continuó corriendo, pero ella no podía salir del agua. “¡Espérame!” gritó conforme escuchaba sus pisadas alejándose en la distancia, mientras miraba la bestia blanca volviéndose pequeña sobre la nieve, al tiempo que el frio se convertía en dolor y el agua la jalaba hacia profundidades aún más heladas.

Miles de pequeños peces se acercaron, miles de pequeñas bocas como tijeras cortaron su ropa. Ís se hundía. Miles de bocas de pequeños peces arrancaron su piel, miles de pequeñísimos cuchillos marinos limpiaron sus huesos. El esqueleto se hundió hasta el fondo de ese helado mar y de ahí comenzó a elevarse hacia la superficie con ligereza y de ahí nadó hasta la costa, tomando fuerza salió del agua y volvió a correr.

Pero sus huesos traqueteaban, ella intentaba correr y su cuerpo de huesos crujía, tamborileaba, temblaba sin cesar. Por más que lo intentaba no lograba tener control sobre su osamenta que continuaba cascabeleando entre esforzados estertores. “No debí seguir a ese hombre” pensó y agotada por el esfuerzo se tumbó en la nieve. Vencida por el frio, la tristeza y el cansancio se quedó dormida profundamente y a su mente vinieron sueños de hogar, sueños cálidos, abrigados, sueños de descanso junto al fuego.

Al despertar se encontró arropada por cálidas pieles en su propia casa, justo frente a un agradable fuego. “Debió ser un sueño” dijo Ís, pero al mirar su cuerpo se dio cuenta que la piel seguía ausente, que era una mujer de huesos.

Haciendo un gran esfuerzo se puso de pie, salió de su casa y se sentó afuera. Estaba sola. No había casas a su alrededor, no había pueblo, solo nieve y viento. Estaba muy sola. Sentada fuera de su casa, Ís la mujer de hueso lloró su soledad por muchos días.

Un buen día, tiempo después, dos hombres jóvenes llegaron hasta su casa. Ella les dio la bienvenida y los invitó a pasar, a refugiarse del frio, a tomar un té caliente, sin embargo al darse cuenta que era un esqueleto quien les daba la bienvenida, la confundieron con la muerte y despavoridos escaparon de ella. Aún asustados llegaron a casa y le contaron a su anciano padre sobre el amable esqueleto que los invitó a pasar.

El viejo se puso su abrigo, tomó su tambor y sin decir nada más abandonó el hogar. Ís estaba aún más triste, sola y apenada cuando Tromma, el anciano del tambor, tocó a su puerta. “¿No vas a invitarme a pasar?” preguntó con voz profunda, ella abrió la puerta.

Una vez adentro, como si fuese su propia casa, Tromma apagó las velas y se sentó en el piso, “yo cantaré y tocaré el tambor para ti, tu danzarás para mi” dijo él, “no puedo bailar, solo soy huesos” respondió ella. A él no le importó la respuesta de Ís, comenzó a tocar – tum, tum – primero suavemente – tum, tum – poco a poco con mayor fuerza, con un ritmo profundo y ancestral – tum, tum – luego dejó que su voz acompañara al tambor, cantó con una voz cálida con aroma de hierbas. La mujer esqueleto torpemente se puso de pie, no podía evitar danzar, comenzó a mover sus huesos al ritmo del tambor, la osamenta castañeteaba rítmicamente, poco a poco se dejó llevar por la percusión y el canto, y de este modo bailó hasta que la piel brotó nuevamente, bailó hasta que sus ojos brillaron otra vez, bailó hasta que su cabello creció negro y hermoso, bailó hasta que su hermoso cuerpo desnudo iluminó la habitación. “Ahora tú tocarás el tambor, tú serás quien cante para mí y yo bailaré para ti” dijo Tromma. Ís tocó el tambor – tum, tum, tum – con ritmo de luna y de bosque, cantó con una suave voz como caricia que sana, mientras Tromma bailó y bailó hasta ser joven, hasta que sus cabellos fueron negros nuevamente, hasta que se sintió fuerte y alegre.

Finalmente Tromma se despojó de sus ropas y desnuda la joven pareja siguió bailando y cantando, sonriendo y brincando. Así salieron a la nieve, en la inmensa soledad dejaron el tambor sobre el piso y entre risas y cantos tomados de la mano saltaron dentro del tambor y desaparecieron en él.

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