Ha sido un buen día

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Palabras Claves: reflexión, matrimonio, amor

Un profesor se encontró debatiendo frente de un grupo de jóvenes que estaban en contra del matrimonio. Entre otras cosas, los muchachos argumentaban que el romanticismo ya no era el verdadero sustento de las parejas, y que parecía preferible acabar con una relación cuando aquel se apagaba, en lugar de entrar a la monotonía del matrimonio.

El profesor los escuchó pacientemente, les dijo que respetaba sus opiniones, y enseguida les relató lo siguiente:
—Mis padres cumplieron cincuenta años de casados. Una mañana que mi madre bajaba las escaleras para prepararle a mi padre el desayuno, sufrió un infarto y cayó al suelo. Él la levantó como pudo y a rastras la subió a la camioneta; a toda velocidad, casi sin respetar los semáforos, condujo hasta el hospital. Cuando llegó, por desgracia ella había fallecido. Durante el sepelio, mi padre no habló, ni lloró, más bien andaba con su mirada perdida.
»Esa noche todos sus hijos nos reunimos en torno a él. En un ambiente de dolor y nostalgia recordamos hermosas anécdotas de nuestra vida familiar. En algún momento, él le pidió a mi hermana que le dijera dónde estaría mi madre en ese momento. Mi hermana comenzó a hablar de la vida después de la muerte, mientras mi padre la escuchaba con gran atención.

»Súbitamente se puso de pie y nos pidió: “Por favor, llévenme al cementerio”.
“Papá —le respondimos—, ¡son las once de la noche, no podemos ir al cementerio ahora!”.
»Alzó la mirada y con voz gangosa, pero firme, respondió: “No discutan
conmigo, por favor. No discutan con el hombre que acaba de perder a la que fue su esposa por cincuenta años”. En ese instante se produjo un momento de respetuoso silencio.»

Desde luego que no discutimos más. Fuimos al cementerio, pedimos permiso al celador y, con una linterna, llegamos hasta la tumba. Mi padre acarició la tierra, sollozó en silencio y luego se volvió a nosotros y nos dijo: “Fueron cincuenta buenos años ¿saben? Nadie puede hablar del amor verdadero si no tiene idea de lo que es compartir la vida con una mujer así”. Hizo una pausa y, mientras se limpiaba las lágrimas, prosiguió. “Ella y yo estuvimos juntos en muchas crisis, y en los cambios de empleo; hicimos el equipaje cuando vendimos la casa y nos mudamos de ciudad;
compartimos la alegría de verlos a ustedes terminar sus carreras; lloramos uno al lado del otro la partida de seres queridos; rezamos juntos en la sala de espera de algunos hospitales; nos apoyamos en el dolor, nos abrazamos en cada Navidad y también perdonamos nuestros errores. Hijos, ahora que ella se ha ido estoy contento. Y ¿saben por qué? Porque se fue antes que yo; no tuvo que vivir la agonía y el dolor de enterrarme y quedarse sola después de mi partida. Fui yo quien pasó por este momento. La amo tanto que no me hubiera gustado que sufriera…”.»

Cuando mi padre terminó de hablar, todos nosotros teníamos el rostro empapado en lágrimas. Lo abrazamos y él nos consoló diciendo: “Todo está bien hijos, podemos irnos a casa; ha sido un buen día”. Esa noche entendí lo que es el verdadero amor.

Creo que dista mucho del romanticismo, no tiene que ver demasiado con el erotismo, y más bien se relaciona con el cuidado que se profesan dos personas realmente comprometidas».
Cuando el maestro terminó de hablar, los jóvenes universitarios no dijeron nada.
Ese tipo de amor no calzaba en sus definiciones y más bien era un sentimiento que, hasta ese momento, ellos no conocían.

 

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