Graduación

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Palabras Claves: reflexión, constancia, perseverancia, sueños, metas, objetivos

Hace tiempo vivía un hombre en la ciudad, este hombre vivía como viven los hombres en la ciudad, con sus sueños y sus broncas, con sus prisas y sus risas, también con sus angustias, sus pasiones y sus indiferencias.

Sin embargo, este hombre recordaba de vez en vez cuando era niño y sus papás lo llevaban al mar; y entonces, no podía evitar volverse niño nuevamente y recordar la fascinación que sentía al ver romper las olas y observar cómo el agua se extendía hasta donde llegaba su vista, al escuchar a las gaviotas, al sentir su piel refrescada por la brisa o en sus pies descalzos la arena y el agua, al oler el aire salado y preguntarse cuántas historias escondería el océano.

Y entonces regresaba a su trabajo y sus obligaciones, a la prisa y al compromiso.

Hasta que un buen día, el pensamiento del mar regresó con más insistencia, el misterio de sus aguas no se fue y finalmente el hombre se decidió. Hacerlo no fue fácil, convertirse en marino implicaba cambios, dejar de hacer cosas, invertir tiempo, soltar e incluso enfrentar uno que otro miedo. Pero su decisión era grande y pensando que la mejor manera de aprender a navegar es navegando, se hizo a la mar.

Ese día sentía emoción y nerviosismo, la expectativa y el anhelo de quien emprende una nueva aventura. Y pasó el tiempo.

Aprendió el lenguaje de los marinos, se volvió uno de ellos y ahora hablaba de mástiles y corrientes, de timones, de babor y estribor, de ventiscas, de popa y de proa y a veces al recordar su pasado citadino también de autos y edificios, de empresas y de prisas.

Aprendió a detectar los pequeños cambios en el viento y en las nubes, a leer las estrellas y los brillos de la luna.

Poco a poco fue dominando la forma en que debía dirigirse a cada miembro de la tripulación, a evitar malos entendidos al izar las velas, hacer amarres, levar anclas y dejarse llevar por la deriva y sin darse mucha cuenta sus cartas náuticas se fueron enriqueciendo.

Mientras pasaba el tiempo, hizo nuevos amigos al enfrentar temporales y también al festejar su llegada a puerto, supo de viejos lobos de mar y escuchó sus sabios y extraños consejos, aprendió a enamorar sirenas, a sumergirse en las profundidades del mar y a disfrutar observando la riqueza de este mundo interior de peces y corales.

La experiencia le ayudó a comprender la importancia de los rituales del mar, a manejar su carácter, conocer sus emociones y conforme pasaba el tiempo encontró más y más recursos que curiosamente ya estaban dentro de él y nunca antes había observado.

Y pasó el tiempo y el tiempo pasó. Y cuando innumerables lunas habían crecido y menguado, se volvió a acordar de cuando era niño y con su hermano mayor volaba papalotes; no pudo evitar sentirse libre como niño nuevamente y recordar la fascinación que sentía al observar ese pedazo de tela y palitos elevarse con el viento, escuchar otra vez sus risas mirando cómo la cauda bailaba muy arriba, sentir el hilo de cáñamo que se deslizaba entre sus dedos mientras el papalote subía más y más… y entonces, sin pensarlo – ni mucho, ni poco – se decidió y con una enorme sonrisa se echó a volar.

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