El sultán esta triste

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Palabras Claves: reflexión, vida, felicidad

Un sultán estaba triste; por alguna razón ya no le entusiasmaba conquistar nuevas tierras, no disfrutaba los exóticos platillos que adornaban su mesa y había dejado de apreciar la belleza de sus 30 concubinas. Cada día que pasaba, el poderoso monarca era invadido por una tristeza amarga, una tristeza fría, una tristeza gris, en fin, la más triste tristeza reinaba en el sultán.

Así que – preocupado – el Gran Visir empezó a planear nuevas y cada vez más retadoras batallas, pero al sultán esto en lugar de entusiasmarle como antaño, lo afligió aún más. El jefe de cocina hizo traer las frutas más suculentas de países lejanos, los postres más delicados y los vinos más aromáticos, pero el sultán en lugar de disfrutarlos sólo los miraba con hastío. Sus concubinas compraron velos nuevos y hacían las más sensuales danzas con ellos, sin embargo el sultán en lugar de desearlas, se sentía cada vez más deprimido.

Parecía que la tristeza todo lo invadía. El hombre se encerraba en sus habitaciones con la esperanza de que la tristeza no pudiera entrar, pero más bien parecía que ahora la tristeza no podía salir y poco a poco la corte entera se fue contagiando de este mal que nadie, ni aún el mismo sultán, sabía de dónde provenía. Se hicieron pócimas, se recetaron dátiles e higos, conjuros y encantamientos fueron proferidos al salir la luna, sin embargo todo esfuerzo era en vano.

Pero una buena noche, el sultán tuvo este sueño… Otra vez el ermitaño, el viejo y sabio ermitaño que una vez más lo invitaba a viajar con él. Y tal vez sería que la tristeza cansa, o que las lágrimas contenidas eran muchas, pero esta vez decidió aceptar la invitación. Así que en silencio, lentamente, caminaron juntos varias horas de ese sueño y al llegar a aquella cueva el viejo anciano volvió a hablar – rompiendo el silencio onírico con su profunda voz – “pasa y platica con ella” le dijo. Así que el sultán entró y en la penumbra pudo distinguir un pequeño fuego que apenas alumbraba a la más hermosa de las mujeres que sueño alguno habitara, era la encarnación de una belleza extraña, de una belleza amarga, de una belleza fría, de una belleza gris y como en los sueños el tiempo pasa de maneras diferentes, no sabemos si sólo fueron minutos o fueron años enteros los que el sultán pasó nada más mirando sin atreverse a romper el silencio, en callada veneración.

Largo tiempo después recordó que el ermitaño había dicho “pasa y platica con ella”; no obstante, no sabía cómo empezar, le parecía inadecuado usar palabras para comunicarse con tan hermosa mujer, así que la miró y sin entender de qué manera, en su mirada puso las palabras “quiero hablar contigo” y ella sonrió y en su mirada devolvió una respuesta dulce y triste – dime – parecía comunicar. Por largo rato estuvieron conversando de esta forma, sólo a través de las miradas, hasta que él comprendió que esta hermosa mujer, también tenía hermosas intenciones y a través de su mirada pudo ver inviernos que preparan primaveras, tardes grises y lluviosas que permiten que la lluvia riegue los campos, oscuras noches que ayudan a que los hombres descansen, helados vientos que nos hacen apreciar el cariño y los abrazos y no pudo evitar darle las gracias, sintiendo con esto que su corazón se aligeraba y que su mente se volvía clara.

Fue entonces que la magia ocurrió… asombrados, la doncella y el sultán escucharon los primeros acordes, una música al principio suave empezó a llenar el aire, una música de colores comenzó a iluminar la cueva, era como si el viento y la lluvia, como si la cueva y el camino, como si los ojos de la hermosa mujer y el corazón del sultán cantaran juntos, primero tímidamente pero poco a poco con más ritmo y más fuerza, llenándolo todo de los acordes de la tormenta y la montaña, de partes creativas y partes sabias, de más opciones y recursos, una música llena de ingenio y de formas nuevas de alcanzar viejos anhelos. Entonces la música trascendió al sueño y llegó a la corte, hizo bailar al Gran Visir, cantar al cocinero, mientras las 30 doncellas sonreían sin saber muy bien de qué; y de la misma forma el sultán y el ermitaño emprendieron el viaje de regreso, escuchando aún la melodía y platicando como lo hacen los viejos amigos al reencontrarse.

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