El dolor que sana y libera

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Palabras Claves: reflexión, interior, abierta, inteligencia emocional

El hombre despertó con heridas en todo el cuerpo. Se levantó dolorido y sin noción de dónde se encontraba. alrededor todo era selva. Caminó lentamente hacia donde una columna de humo subía sinuosa cubriendo el cielo. Miró el avión hecho pedazos y entonces recordó que apenas unas horas antes se encontraba volando sobre las nubes con su familia.

Ahora no quedaban nada más que pedazos de metal por todas partes. Él era el único sobreviviente. No lloró, no pensó nada. Echó un último vistazo al lugar, se dio la vuelta y comenzó a caminar entre la tupida naturaleza. Mientras caminaba recordó una historia que había escuchado de pequeño sobre un monstruo de la selva que aparecía por la noche y devoraba a los hombres.

Caminó y caminó hasta que el cansancio lo obligó a sentarse y a encender una fogata para recibir la noche. La oscuridad era total, el ruido de los insectos y otros animales era insoportable. De pronto escuchó un enorme crujido de ramas a su derecha asustado colocó más leña en el fuego para alimentarlo. Si el fuego es mayor, nada se acercará aquí, pensó. Luego pasó toda la noche en vela.

Cuando salió el Sol, pudo por fin dormir un poco. al despertar pensó: no puede sucederme otra vez, esta noche estaré preparado. Consiguió todos los troncos que pudo y después de comer alguna fruta que encontró en el camino, construyó una cerca de troncos y ramas alrededor de su fogata.

Esa noche nuevamente escuchó el estruendo, una vez más azuzó la fogata y no pudo dormir hasta que la luz del sol cubrió la selva. Tengo que prepararme más, pensó. Buscó troncos aún más grandes para convertir la pequeña cerca en una pequeña barda. Comió algo de fruta y descansó. al caer la noche llegó nuevamente el ruido, la fogata y el desvelo.

Al tercer día hizo más grande aún el muro que lo protegería del monstruo de la selva. Así pasó las noches por diez años hasta construir la más grande muralla de troncos que se hubiese visto en la selva.

Durante todo ese tiempo, el hombre ya no salía, se había olvidado de todo, su única obsesión era hacer más grande el muro que lo protegía. El día que cumplió diez años ahí, tomó la cartera que guardaba en su pantalón, y que nunca había abierto en todo ese tiempo. Al abrirla miró una foto de su familia, aquella familia que había perdido en el accidente aéreo. Sus ojos se llenaron de lágrimas y lloró inconsolablemente por un año.

Cuando terminó el año y de sus ojos cayó la última lágrima que quedaba por derramar, el hombre se puso de pie en medio de la noche y, sin pensar nada, salió de su fortaleza y comenzó a caminar por la selva. A su derecha se escuchó un horrible ruido, volteó y ahí, frente a él, se encontraba el temible monstruo de la selva. El hombre lo miró directamente a los ojos durante un largo tiempo, el suficiente para darse cuenta de que por horrible que fuera ese monstruo, no era capaz de hacerle daño alguno.

El monstruo se inclinó ante él y le dijo: lo conseguiste. ahora yo seré tu siervo y  estaré a tu servicio cada que me necesites. El hombre sonrió y continuó su camino.

 

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