Cargar el venado

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Palabras Claves: reflexión, mujer, compresión, solidaridad,

Estaba un hombre a la orilla del camino sentado sobre una piedra, bajo la sombra de un frondoso roble. Se lo veía triste y cabizbajo, casi a punto de llorar. Así lo encontró su compadre y amigo de toda la vida, quien acongojado al verlo en tal estado, le preguntó el motivo de su angustia.
—¡Ay, compadre! —contestó el interpelado—, ¡tu comadre! ¡Tu comadre va a acabar conmigo!
—No, hombre, más bien dime qué te pasa; a lo mejor te puedo ayudar a encontrar una solución al problema.
El compadre, después de limpiarse los ojos, empezó su relato:
—Mira, tú sabes que somos muy pobres y en mi humilde casa la única forma de acompañar los cereales es con un pedazo de carne que tengo que conseguir cazando en el monte. Me tengo que ir con mi escopeta, pasar varios días de sufrimiento y penalidades, salvándome de milagro de los peligros, esquivando víboras, al tigre, soportar la terrible comezón que me producen las garrapatas y piquetes de moscos, y por si esto fuera poco, aguantar cómo me cala hasta los huesos el frío y la soledad de las noches. Luego, por fin, si la suerte me socorre y logro cazar un venado, todavía
tengo que cargarlo y subir la cuesta hasta llegar a mi casa en la loma. No he alcanzado a llegar cuando aparece mi esposa con el cuchillo en la mano e inmediatamente empieza a repartir el venado entre vecinos y familiares, que una pierna para Juana, que otra para Leo, que este lomito para mi mamá, que eso para allá, que esto para acá y en menos de una semana ahí va tu tonto amigo otra vez de cacería. ¡Pero ya me cansé!

El compadre, después de meditar un momento, le dio la solución:
—Invita a tu mujer a cazar y dale a cargar el venado.
—¿¡Qué!?
—Sí, sí. Mira, invítala y háblale de lo bonito de los paisajes, del esplendor de las estrellas en las noches, de los manantiales cristalinos que reflejarían románticamente sus imágenes, de sus exquisitas aguas, del aire fresco del monte lleno de oxígeno, de la graciosa manera como camina el venado, del dulce canto de los grillos y los pájaros silvestres, en fin. No le hables de las espinas, ni los peligros, ni del frío ni el cansancio. Dile que la invitas a la cacería.

El hombre siguió el consejo. Por supuesto, la convenció. La mujer, entusiasmada, se fue con la falda larga hasta el tobillo. Al cruzar el primer espino se le redujo a la mitad porque la prenda quedó desgarrada entre las ramas; la blusa se le rompió; el calzado se destrozó por los difíciles caminos, y las piedras y las espinas la hicieron sangrar. El sol le quemó la piel, el cabello se le maltrató, las manos le quedaron heridas al abrirse paso entre el espeso monte. Incluso, estuvo a punto de sufrir un infarto al encontrarse de frente con una serpiente del bosque.

Muerta de hambre, su imagen parecía sacada de un cuento de ultratumba. Por fin, después de tantos martirios, un día encontraron al venado. Ella tuvo que contener el aliento y el hombre, sigiloso, con la astucia y la agilidad de un gato, se acercó a su presa y con la mirada de un lince localizó el blanco justo para liquidar al escurridizo animal. ¡Bang! El venado había muerto.

La mujer no cabía de júbilo pensando que su sufrimiento había terminado, pero no era así.
—Ahora, mi amor, quiero que cargues el venado para que veas lo bonito que se siente —le dijo el hombre masticando cada una de sus palabras.
La mujer casi se desmaya ante la desconocida mirada de su marido, pero ante la desesperación por regresar a su hogar, no tuvo aliento ni para replicar y cargó el venado hasta su casa cruzando veredas y montañas.

Agotada, con las piernas adoloridas, jadeando y casi muerta, a punto de fallarle el corazón llegó y depositó el animal en la entrada de su casa. Los niños y sus  amiguitos, hijos de los vecinos, salieron a recibir a los papás cazadores y, acostumbrados a la repartición, le dijeron a su mamá con alegría:
—Mamá, apúrate a repartir el venado porque la mamá de Pepe ya está
desesperada. ¿Qué pedazo le llevo a mi tía?

La señora, sentada en el piso, hizo un esfuerzo sobrehumano para levantar la cabeza y con los ojos inyectados de sangre volteó a ver a los niños y tomando aire hasta por las orejas, les gritó:

—¡Este venado no lo toca nadie! Y tú, Pepe, ve y dile a tu mamá que si quiere carne, ¡que vaya, cace y me traiga a mí lo que yo tantas veces le he regalado!

 

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