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Palabras Claves: amor, familia, padres

Mi hija se encuentra inmersa en la turbulencia de los dieciséis años. Recientemente, tras unos días en que no se sentía bien, supo que su mejor amiga no tardaría en mudarse. Además, en la escuela no le iba tan bien como ella había esperado, ni como lo habíamos esperado su madre y yo.

Hecha un ovillo en la cama, desprendía tristeza a través del montón de mantas con que se cubría, en busca de consuelo. Por más que yo quisiera acercarme a ella, para rescatarla de todas las desdichas que se habían adueñado de su joven espíritu, e incluso dándome cuenta de lo mucho que me importaba y de cuánto deseaba ayudarle, sabía también lo aconsejable que era proceder con cautela.

En mi condición de terapeuta familiar, y principalmente gracias al testimonio de clientes a quienes un abuso sexual ha destrozado la vida, estoy al tanto del riesgo implícito en las expresiones de intimidad entre padres e hijas cuando son inadecuadas. Además tengo conciencia de la facilidad con que es posible sexualizar el afecto y la proximidad, especialmente en el caso de hombres para quienes el dominio emocional es territorio extranjero y confunden cualquier expresión de afecto con una invitación sexual.

Era tan fácil tenerla en brazos y consolarla cuando tenia dos o tres años, e incluso siete; pero ahora tenía la impresión de que su cuerpo, nuestra sociedad y mi condición masculina conspiraban contra mi deseo de consolar a mi hija, y me preguntaba cómo podía hacerlo sin dejar de respetar las necesarias fronteras entre un padre y una hija adolescente.

Zanjé la cuestión ofreciéndole unas fricciones en la espalda, que ella aceptó. Suavemente empecé a masajear su espalda huesuda y sus hombros tensos, mientras me disculpaba por mi reciente ausencia. Le expliqué que acababa de participar en las finales del campeonato internacional de masajes de espalda, donde me había clasificado en cuarto lugar. Le aseguré que es difícil superar los masajes que puede dar un padre preocupado, especialmente si además de estar preocupado tiene una alta puntuación mundial en esa especialidad. Y le fui  contando detalles de la competición y de los demás participantes mientras, a base de dedos y manos, procuraba relajar sus músculos contraídos y aflojar las tensiones que trababan su joven vida.

Le hablé del arrugado viejecillo asiático que había quedado en tercer lugar, antes de mí, en la serie de pruebas. Tras haber estudiado acupuntura y digitopuntura durante toda la vida, podía concentrar su energía en los dedos, gracias a lo cual elevaba los masajes de espalda a la categoría de arte.
—Pulsaba y presionaba con la precisión de un prestidigitador —expliqué,
mientras le hacía a mi hija una demostración de lo que había aprendido de aquel anciano. En respuesta, ella gimió, aunque yo no estaba seguro de si lo hacía contestando a mi discurso o a mi técnica de digitopuntura.

Después le hablé de la mujer que se había clasificado segunda. Era turca y desde su infancia había practicado el arte de la danza del vientre, de manera que podía imprimir a los músculos un movimiento particularmente ondulante y fluido. Al masajear una espalda sus dedos despertaban en los músculos fatigados y en el cuerpo debilitado la necesidad urgente de vibrar, de estremecerse y danzar.
—Dejaba que los dedos caminaran para que los músculos los siguieran —
expliqué mientras le hacía la demostración.
—Fantástico —fue apenas un murmullo que emergía débilmente de un rostro sepultado en la almohada. ¿Se referiría a mis palabras o a mi toque profesional?

Después me limité a frotarle la espalda, y los dos nos quedamos en silencio.
Pasado un momento, me preguntó:
—Entonces, ¿quién quedó en primer lugar?
Eso sí que no te lo creerás —respondí—. ¡Un bebé!
Y le expliqué cómo el tacto blando de un infante al explorar un mundo de la piel y las sensaciones, no se puede comparar con ningún otro tacto en el mundo. Más suave que la suavidad misma. Impredecible, tierno en su exploración. Unas manos diminutas que decían más de lo que jamás serán capaces de expresar las palabras. De la pertenencia, de la confianza, del amor inocente. Y entonces, tierna y suavemente, la toqué como había aprendido del bebé. En ese momento recordé vívidamente su propia infancia… lo que era tenerla en brazos, mecerla, observar cómo se iba aventurando, a tientas, en su propio mundo.

Y me di cuenta de que, en realidad, era ella la niña, el bebé que me había enseñado el tacto de un niño. Tras un rato más de fricción lenta, suave, silenciosa, le dije que me sentía muy contento por haber aprendido tanto de los expertos mundiales en masajes de espalda. Le expliqué cómo me había convertido en un masajista de espalda aún mejor gracias a una hija de dieciséis años que, dolorosamente, iba asumiendo su edad adulta. En silencio ofrecí una plegaria de agradecimiento porque una vida así hubiera sido confiada a mis manos, por haber recibido la bendición y el milagro de tocarla.

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